Miedo al miedo

Cecilia Palma
Nuestra Latinoamérica posee una tradición de la literatura del terror diferente a la vieja Europa; más bien, las historias de nuestros pueblos son aquellas que adornan los aspectos misteriosos representados en leyendas y relatos que la han nutrido. El sabor que ha sazonado nuestros escritos tiene más que ver con lo que Lovecraft -escritor estadounidense y autor de narraciones de terror y ciencia ficción- dijo en alguna oportunidad: «La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido». A este escritor se le considera un gran innovador del cuento de terror, ya que aportó una mitología propia, yendo más allá del satanismo y los fantasmas, incorporando elementos de ciencia ficción en sus relatos, donde campean voces desconocidas, seres innominados, fenómenos indescriptibles, generándose un ambiente donde predomina lo irracional y los pavores ancestrales a fluidos, materias orgánicas, manchas sin color preciso (El color que cayó del cielo, uno de sus título más famosos, ilustra muy bien esos sentimientos).
Sin embargo, deseo quedarme con esa frase que mencioné debido a que, efectivamente en el relato popular de nuestros pueblos, se encuentra prendido en el imaginario, la emoción del miedo y es este miedo el que se transforma poco a poco; como en una sinfonía clásica de Tchaikovsky , donde la expresión del terror ingresa primero al cerebro y luego al cuerpo.
Con estas narraciones, los protagonistas, campesinos o urbanos, explican generalmente algún fenómeno físico o químico que no puede ser comprendido. La tarea que, por lo tanto, se da el escritor, es tomar algunos de estos relatos y convertirlos en historias en las que los seres nocturnos toman protagonismo y de esta manera aparecen, las novias tras los árboles, los niños cantando en un bosque, los vampiros sedientos que pese a lo bárbaro de su existencia, filosofan, a veces, enterneciendo al lector; los espectros, que por alguna razón se paran a la orilla de la carretera para solicitar ser llevados algunos kilómetros más adelante, los barcos fantasmas que se llevan a los muertos y los engendros del bosque que entran en las habitaciones de las doncellas para robarles la virginidad.
Cuando era niña y anochecía, no podía bajar de mi cama una vez que ya me encontraba en ella. Debajo, estaban esperando seres malévolos que estiraban sus manos como garras para tomar mis tobillos si yo osaba bajar hasta el suelo. Este recuerdo lo encontré entre otros tantos, cuando pensé en elegir el tema para este Encuentro. Una sonrisa se dibujó ese día en mi rostro, pensé en cómo la inocencia me poseía y me hacía pasar noches enteras esperando el alba para ir al baño; sin embargo, más adelante, aún adolescente, mi imaginación me regaló una serie de experiencias que estaban todas ligadas con estos seres que el cerebro fabrica cuando tenemos miedo y, tal como señalaba Lovecraft, ese miedo alimentaba a mi miedo. Así, conocí fantasmas, de los buenos y de los malos y padecí de sudores fríos a causa del terror. Estos elementos son exquisitos ingredientes para la literatura. Horacio Quiroga narró muchas historias, donde los seres que se presentan al caer la noche, tenían un rol protagónico.
Recuerdo en este instante, por ejemplo, ese relato que está basado en una leyenda urbana muy particular, y que en su época causó una conmoción casi histérica. Al parecer, muchas mujeres comenzaban a debilitarse durante las primeras semanas de matrimonio. Lentamente perdían el color de la piel y también mostraban signos de rigidez muscular, lo cual daba una impresión de profunda fragilidad, como si se tratase de delicadas muñecas de porcelana. Luego de algunos días, o semanas, las jóvenes finalmente se consumían. Me refiero a El almohadón de plumas. En esos años, el imaginario urbano hablaba de vampirismo; sin embargo, Quiroga encontró una combinación de ese temor inconsciente con el raciocinio; porque recordemos que finalmente el culpable de estas muertes por debilitamiento se encontraba entre las plumas del almohadón que estas mujeres usaban. Aún tengo en mi mente la sensación que logró traspasar a mi joven cuerpo, cuando leí por primera vez este cuento. Esa noche golpeé fuertemente mi almohada, aún cuando no era precisamente de plumas.
Otros escritores latinos que han dedicado a lo menos un trabajo a los seres de la noche o a la literatura del terror son Julio Cortázar con su cuento Continuidad de los parques, Rubén Darío, que escribió, en su paso por Argentina, un texto llamado Thanatopía y Ernesto Sábato, que incursionó en la paranoia del terror en su novela El túnel, tema que llevaría a su máximo desarrollo en la tercera parte de su ficción Sobre héroes y tumbas, el famoso Informe sobre ciegos, tal vez el texto más aterrador y demencial escrito en América Latina.
En Chile, la literatura del terror no llegó a nuestros registros, pero sí se urdieron magníficos relatos que llegaron a convertirse en leyendas; en ellas, los seres noctámbulos deambulan por carreteras, bosques y mares; entre ellos se encuentra incluido el mismo Satanás quien, en lo general, es el comprador de algún alma ambiciosa. Chiloé, una isla muy al sur de mi país, es escenario de exquisitos relatos donde los personajes principales son seres fantásticos que viven en el imaginario colectivo de la zona como si fuesen reales.
Llega la noche en la isla y sus habitantes cuidan de guardarse en casa con las ventanas cerradas porque afuera, la oscuridad custodia y protege al Trauco, un ser elemental que apoya a Lucifer en su lucha contra los ángeles y que fue castigado a vagar por la tierra con su cuerpo deforme, cuyo entretenimiento es quitar la virginidad a las doncellas, a quienes deja irremediablemente embarazadas. Circula también la Condena (por condenada); ella fue transformada en un espectro que persigue a los hombres, quienes, pese a su horrible aspecto, no pueden resistirse y caen en sus brazos; y es preciso agregar a la Fiora, hija y amante contra natura del Trauco, de horrible aspecto, tal como lo son sus progenitores. Fiora posee un apetito sexual como el de su madre y luego que caza a los hombres, los enloquece. Se dice que de sus relaciones con su padre nacerán más traucos (varones) o fioras (hembras) para seguir sus pasos. Con su aliento hediondo (igual al de su padre) es capaz de doblegar completamente a sus víctimas. También se la culpa de raptar y hacer desaparecer a niños, a los que transforma en seres similares a sus hijos.
Es obvio mencionar que si una jovencita de la zona perdió la compostura y quedó embarazada, llega a casa inventando que el Trauco la violó; así, existen miles de hijos del ser abominable justificando el desliz de sus madres; aún en nuestros días, quedan alejados parajes, donde se mantiene el mito como cierto.
En Chiloé, aparte de esta familia, también existe dentro de sus mitos el espectro llamado la Viuda, una mujer que murió ahogada al zozobrar su pequeña embarcación en el mar. Se la representa como una mujer vestida de negro que sigue a los jóvenes y los atrapa, abrazándolos por la espalda y dominándolos con su pestilente aliento (repitiéndose en ella los rasgos de la Fiora) los amenaza para satisfacer sus deseos carnales: aquel que se le niegue, le espera un abrazo de muerte. Están además, los Imbunches, llamados, asimismo, Machucos: se trata de niños entregados a brujos, quienes deforman a los inocentes con sus artes, volteando su cabeza y girando su pierna derecha hasta quedar sobre su espinazo, de tal modo que este engendro camina con sus dos manos y la pierna izquierda. Su función es vigilar la cueva del brujo, asustando con gritos guturales al que ose acercarse y, a quien lo contemple, es asesinado. Anda completamente desnudo y es alimentado por sus amos con carne humana. Los brujos vuelan usando un chaleco hecho de piel de cadáver conocido como Macuñ y las brujas logran elevarse por los aires al beber el jugo de una planta que les hace vomitar sus entrañas, luego de lo cual, las guardan dentro de una olla de cobre y ocultan entre la vegetación; entonces se transforman en aves y pasan a llamarse voladoras. Si sucede que esta bruja regresa y le han robado la olla que contiene sus entrañas, queda convertida en un ave rapaz, hasta su próxima muerte.
Estos seres convierten a los relatos, regularmente orales, en apasionantes y fantásticas veladas en la zona sureña de Chile. Tales leyendas, han ido recopilándose, fundamentalmente por investigadores y escritores de la propia región y, gracias a esas compilaciones escritas, se han masificado, adquiriendo popularidad en el resto de Chile.
Cuando me enfrenté a este tema y mientras pensaba en los motivos que serían partícipes de estas palabras, pregunté a varios amigos, entre ellos algunos escritores, acerca de cuáles eran sus terrores y qué seres son los que, alguna vez, les habrían quitado el sueño. Las respuestas fueron tan variadas, como las personas que consulté. Descubrí que el tema, aunque no se maneje a niveles cotidianos y confesables, no es un mero comentario para algunas personas y he aquí algunas de sus respuestas: imágenes religiosas, especialmente de ángeles, duendes que habitan bajo la cama, fantasmas y ruidos nocturnos, sobre todo en pasajes o calles oscuras. Pero hubo un comentario que modificó mi posible investigación y la línea que pensaba iba a tomar este trabajo. Se trata de los represores: personas de carne y hueso que hace más de treinta años echan la puerta abajo, en las casas de miles de personas, amparados por la oscuridad, a quienes torturan una y otra vez antes de hacerlos desaparecer y convertirlos en un nuevo rostro en el pecho de la madre. (No porque literalmente aún tengan estas prácticas sino porque se quedaron en el imaginario de las víctimas)
Son los espectros modernos de mi patria, esos que viven en el subconsciente de las generaciones heridas por el golpe militar de 1973. Estos hombres que se transformaron en demonios cazadores, que salían a diario por 17 años en busca de su presa, son inspiradores de una variada literatura del terror en mi país. Ellos definitivamente desplazaron a los seres mitológicos. De esta manera, caigo en la cuenta que estaba equivocada: hay mucha literatura en mi país acerca de estos seres de la noche que se convirtieron en temidos entes vespertinos para miles de personas. Este es un tema recurrente tanto en narradores como en poetas y que sigue vigente en los nudos literarios. Concluyo, por tanto, que el imaginario en este sentido se nutre desde la experiencia y el testimonio, pero por sobre todo del miedo.
El miedo, según la psicología y psiquiatría modernas, se encuentra dentro de la mente del individuo y, rara vez, se corresponde con alguna realidad concreta, puesto que es más bien una reacción primaria, que se sostiene frente a lo desconocido o a una experiencia (propia o cercana) asida por el cerebro, convirtiéndose en eco de los espantos, mucho más personales, que nos persiguen y agobian a través de las pesadillas; llegamos, por consiguiente, a pensar que el cuento de terror y los seres que lo habitan, son un intento catártico, el escape de ese mundo que emerge desde lo onírico, aunque el resultado sea morboso o siniestro. El escritor toma estos ingredientes y los traslada a un escenario al considerar la verosimilitud de la historia, porque la credibilidad del lector es un elemento fundamental para que suceda el compromiso necesario de su parte, y el miedo actúe igual que un contagio de la peor pandemia; cuando ello ocurre, él mismo es un portador del terror.
Así, la literatura fantástica del miedo, con una rica tradición en las letras latinoamericanas, se liga, en mi país, con los mitos y leyendas ancestrales del campo y el mar, que conocemos gracias al trabajo de antropólogos e investigadores que las han puesto por escrito.
Sin embargo, como mencioné, hay otra fuente en la pandemia del miedo y ella se encuentra en la historia política reciente de Chile. Muchos miles de personas continúan recordando los golpes en la puerta, casi siempre en la noche y la pesadilla alucinante que siguió a esa fatal interrupción del sueño. Los hijos y nietos de esas personas siguen escuchando el ruido nocturno de la represión, que se tradujo en fantasmas de carne y hueso que nunca más se fueron a sus cuarteles. Los escritores y escritoras chilenos, unos más, otros menos, también continuamos viviendo con ese miedo. Y la literatura de nuestro país, por mucho tiempo más, se alimentará de ese temor innominado, de ese terror nocturno –y a veces diurno-, que aún no nos deja dormir en paz ni vivir con tranquilidad.
EL CIEGO
(Cecilia Palma)
El ciego golpea su marcha
toques suaves
precisos golpes de
bastón en braille
no conoce el ciego su rumbo
lo pulsa
secretea con la bruja
le pregunta por ti
las piedras las rubrica con
su estela de toqueteo
el ciego
anónimo su andar
negra
negra
su línea de fuga
pero camina
ALTURAS DE COPÁN

de
Reynaldo Lacámara Honduras, no te vayas a morir ahora
-sólo ayer te conocí-
no entierren a los campesinos de Copán,
ayer bailaban
en el corazón de Comayagua y Yuscarán.
Morenos también danzaban
su idioma de selva y pesca,
en la grande sábana,
donde humedales
mantienen lo sustancial
eréctil
lanzado sobre la tierra.
Que no te maten tanques y disparos.
Con Alfonso Guillén y Froilán Turcios
y Barreras y Càrcamos
se mantiene la savia de Villeda.
Conversé con Pompeyo del Valle,
fue en los jardines de gobierno,
Zelaya invitó a los poetas a palacio
en ese abrazo,
ese Sol
ese día de ayer.
No quiero que a los míos se los lleven,
ni reconocer su calavera
más adentro del verso.
Bastante tengo con el dolor del Andes.
Que este movimiento homicida
no pueda contra tanta sangre,
que vengan los de Ocotepeque,
los de Lloro y La Ceiba
que vengan los de Copán
y que estemos nosotros
para cubrir esta hora lúcida.
Gire en el viento
y se mantenga en el aire,
la palabra libre, Honduras,
el pan que entrega la esperanza,
la cordura de su rostro.
Discurso de Juan Gelman
(Este es el discurso de Juan Gelman, en la ceremonia en que recibió el
Premio de Literatura Cervantes)
Majestades, Señor Presidente del Gobierno, Señor Ministro de Cultura, Señor Rector de la Universidad de Alcalá de Henares, autoridades estatales, autonómicas, locales y académicas, amigas, amigos, señoras y señores: Deseo, ante todo, expresar mi agradecimiento al jurado del Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes, a la alta investidura que lo patrocina y a las instituciones que hacen posible esta honrosísima distinción, la más preciada de la lengua, que hoy se me otorga. Mi gratitud es profunda y desborda lo meramente personal.
En el año 2006 se galardonó con este Premio al gran poeta español Antonio Gamoneda y en el 2007 lo recibe también un poeta, esta vez de Iberoamérica. Se premia a la poesía entonces, 'que es como una doncella tierna y de poca edad y en todo extremo hermosa' para don Quijote, doncella que, dice Cervantes en 'Viaje del Parnaso', 'puede pintar en la mitad del día la noche, y en la noche más escura el alba bella que las perlas cría... Es de ingenio tan vivo y admirable que a veces toca en puntos que suspenden, por tener no se qué de inescrutable'. A la poesía hoy se premia, como fuera premiada ayer y aun antes en este histórico Paraninfo donde voces muy altas resuenan todavía. Y es algo verdaderamente admirable en estos 'Dürftiger Zeite', estos tiempos mezquinos, estos tiempos de penuria, como los calificaba Hölderin preguntándose 'Wozu Dichter', para qué poetas.
¿Qué hubiera dicho hoy, en un mundo en el que cada tres segundos y medio un niño menor de 5 años muere de enfermedades curables, de hambre, de pobreza?
Me pregunto cuántos habrán fallecido desde que comencé a decir estas palabras. Pero ahí está la poesía: de pie contra la muerte. Safo habló del bello huerto en el que 'un agua fresca rumorea entre las ramas de los manzanos, todo el lugar sombreado por las rosas y del ramaje tembloroso el sueño descendía', Mallarmé conoció la desnudez de los sueños dispersos, Santa Teresa recogía las imágenes y los fantasmas de los objetos que mueven apetitos, San Juan bebió el vino de amor que sólo una copa sirve, Cavalcanti vio a la mujer que hacía temblar de claridad el aire, Hildegarda de Bingen lloró las suaves lágrimas de la compunción, y tanta belleza cargada de más vida causa el temblor de todo el ser. ¿No será la palabra poética el sueño de otro sueño?
1 Santa Teresa y San Juan de la Cruz tuvieron para mí un significado muy particular en el exilio al que me condenó la dictadura militar argentina. Su lectura desde otro lugar me reunió con lo que yo mismo sentía, es decir, la presencia ausente de lo amado, Dios para ellos, el país del que fui expulsado para mí. Y cuánta compañía de imposible me brindaron. Ese es un destino 'que no es sino morir muchas veces', comprobaba Teresa de Avila. Y yo moría muchas veces y más con cada noticia de un amigo o compañero asesinado o desaparecido que agrandaba la pérdida de lo amado. La dictadura militar argentina desapareció a 30.000 personas y cabe señalar que la palabra 'desaparecido' es una sola, pero encierra cuatro conceptos: el secuestro de ciudadanas y ciudadanos inermes, su tortura, su asesinato y la desaparición de sus restos en el fuego, en el mar o en suelo ignoto. El Quijote me abría entonces manantiales de consuelo. Lo leí por primera vez en mi adolescencia y con placer extremo después de cruzar, no sin esfuerzo, la barrera de las imposiciones escolares. Me acuciaba una pregunta: ¿cómo habrá sido el hombre, don Miguel? Conocía su vida de pobreza y
sufrimiento, sus cárceles, su cautiverio en Argel, su Lepanto, los intentos fallidos de mejorar su suerte. Pero él, ¿quién era? Releía el autorretrato que trazó en el prólogo de las Novelas Ejemplares: 'Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada', que nada me decía, salvo la mención de sus 'alegres ojos'. Comprendí entonces que él era en su escritura. Me interno en ella y aún hoy creo a veces escuchar sus carcajadas cuando acostaba al Caballero de la Triste Figura en el papel. Sólo quien, desde el dolor, ha escrito con verdadero goce puede dar a sus lectores un gozo semejante. Cómico es el rostro de la tragedia cuando se mira a sí misma.
Declaro que, en verdad. quise recorrer ante ustedes, con ustedes, los trabajos de Persiles y Sigismunda, o la locura quebradiza del licenciado Vidriera, o compartir la nueva admiración y la nueva maravilla del coloquio de los perros, o el combate verdaderamente ejemplar entre los poetas malos y los buenos que tiene lugar en 'Viaje del Parnaso' y en el que cualquier buen poeta podía caer herido por un pésimo soneto bien arrojado. Pero tal como la lámpara alimentada a querosén que los campesinos de mi país encienden a la noche y alrededor de la cual se sientan a cenar, cuando hay, y luego a leer, cuando hay y cuando hay ganas, y a la que mosquitos y otros seres alados acuden ciegos de luz y la calor los mata, así yo, encandilado por don Alonso Quijano, no puedo sustraerme a su fulgor.
Muchas plumas hondas y brillantes han explorado los rincones del gran libro. Por eso, parafraseando al autor, declaro sin ironía alguna que, con seguridad, este discurso carece de invención, es menguado de estilo, pobre de conceptos, falto de toda erudición y doctrina. Sólo hablo como lector devoto de Cervantes, pero quién puede describir los territorios del asombro. Con mucha suerte y perspicacia, es posible apenas sentarse a la sombra de lo que siempre calla.
2 Cervantes se instala en un supuesto pasado de nobleza e hidalguía para criticar las injusticias de su época, que son las mismas de hoy: la pobreza, la opresión, la corrupción arriba y la impotencia abajo, la imposibilidad de mejorar los tiempos de penuria que Hölderlin nombró. Se burla de ese intento de cambio y se burla de esa burla porque sabe que jamás será posible terminar con la utopía, recortar la capacidad de sueño y de deseo de los seres humanos. Cervantes inventó la primera novela moderna, que contiene y es madre de todas las novedades posteriores, de Kafka a Joyce. Y cuando en pleno siglo XX Michel Foucault encuentra en Raymond Roussel las características de la novela moderna, éstas: 'el espacio, el vacío, la muerte, la transgresión, la distancia, el delirio, el doble, la locura, el simulacro, la fractura del sujeto', uno se pregunta ¿qué? ¿No existe todo eso, y más, en la escritura de Cervantes?
Su modernidad no se limita a un singular universo literario. La más humana es un espejo en el que podemos aún mirarnos sin deformaciones en este siglo XXI. Dice Don Quijote: 'Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala (disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar la maldita máquina) y corta y acaba en un instante los pensamientos y la vida de quien la merecía gozar luengos siglos'.
Desde el lugar de presunto caballero andante quejoso de que las armas de fuego hayan sustituido a las espadas, y que una bala lejana torne inútil el combate cuerpo a cuerpo, Don Quijote destaca un hecho que ha modificado por completo la concepción de la muerte en Occidente: es la aparición de la muerte a distancia, cada vez más segura para el que mata, cada vez más terrible para el que muere. Pasaron al olvido las ceremonias públicas y organizadas que presidía el mismo agonizante en su lecho: la despedida de los familiares, los amigos, los vecinos, el dictado del testamento ante los deudos. La muerte hospitalizada llega hoy con un cortejo de silencios y mentiras. Y qué decir de los 200.000 civiles de Hiroshima que el coronel Paul Tobbets aniquiló desde la altura apretando un simple botón. Piloteaba un aparato que bautizó con el nombre de su madre, arrojó la bomba atómica y después durmió tranquilo todas las noches, dijo. Pocos conocen el nombre de las víctimas cuya vida el coronel había segado. La muerte se ha vuelto anónima y hay algo peor: hoy mismo centenares de miles de seres humanos son privados de la muerte propia. Así se da en Irak.
Creo, sin embargo, como el historiador y filósofo Juan Carlos Rodríguez, que el Quijote es una gran novela de amor. Del amor imposible. En el amor se da lo que no se tiene y se recibe lo que no se da y ahí está la presencia del ser amado nunca visto, el amor a un mundo más humano nunca visto y torpemente entrevisto, el amor a una mujer que no es y a una justicia para todos que no es. Son amores diferentes pero se juntan en un haz de fuego. ¿Y acaso no quisimos hacer quijotadas en alguna ocasión, ayudar a los flacos y menesterosos? ¿Luchando contra molinos de aspas de acero, que ya no de madera? ¿Despanzurrando odres de vino en vez de
enfrentar a los dueños del dolor ajeno? ¿'En este valle de lágrimas, en este mal mundo que tenemos -dice Sancho-, donde apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería'?
He celebrado hace dos años, con ocasión de la entrega del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, mi llegada a una España que no acepta las aventuras bélicas y que rompe clausuras sociales que hieren la intimidad de las personas. Hoy celebro nuevamente a una España empeñada en rescatar su memoria histórica, único camino para construir una conciencia cívica sólida que abra las puertas al futuro. Ya no vivimos en la Grecia del siglo V antes de Cristo en que los ciudadanos eran obligados a olvidar por decreto. Esa clase de olvido es imposible. Bien lo sabemos en nuestro Cono Sur.
Para San Agustín, la memoria es un santuario vasto, sin límite, en el que se llama a los recuerdos que a uno se le antojan. Pero hay recuerdos que no necesitan ser llamados y siempre están ahí y muestran su rostro sin descanso. Es el rostro de los seres amados que las dictaduras militares desaparecieron. Pesan en el interior de cada familiar, de cada amigo, de cada compañero de trabajo, alimentan preguntas incesantes: ¿cómo murieron? ¿Quiénes lo mataron? ¿Por qué? ¿Dónde están sus restos para recuperarlos y darles un lugar de
homenaje y de memoria? ¿Dónde está la verdad, su verdad? La nuestra es la verdad del sufrimiento. La de los asesinos, la cobardía del silencio. Así prolongan la impunidad de sus crímenes y la convierten en impunidad dos veces.
Enterrar a sus muertos es una ley no escrita, dice Antígona, una ley fija siempre, inmutable, que no es una ley de hoy sino una ley eterna que nadie sabe cuándo comenzó a regir. '¡Iba yo a pisotear esas leyes venerables, impuestas por los dioses, ante la antojadiza voluntad de un hombre, fuera el que fuera!', exclama. Así habla de y con los familiares de desaparecidos bajo las dictaduras militares que devastaron nuestros países. Y los hombres no han logrado aún lo que Medea pedía: curar el infortunio con el canto.
Hay quienes vilipendian este esfuerzo de memoria. Dicen que no hay que remover el pasado, que no hay que tener ojos en la nuca, que hay que mirar hacia adelante y no encarnizarse en reabrir viejas heridas.
Están perfectamente equivocados. Las heridas aún no están cerradas. Laten en el subsuelo de la sociedad como un cáncer sin sosiego. Su único tratamiento es la verdad. Y luego, la justicia. Sólo así es posible el olvido verdadero. La memoria es memoria si es presente y así como Don Quijote limpiaba sus armas, hay que limpiar el pasado para que entre en su pasado. Y sospecho que no pocos de quienes preconizan la destitución del pasado en general, en realidad quieren la destitución de su pasado en particular.
Pero volviendo a algunos párrafos atrás: hay tanto que decir de Cervantes, de este hombre tan fuera del uso de los otros. De sus neologismos, por ejemplo. Salvo él, nadie vio a una persona caminar asnalmente. O llevar en la cabeza un baciyelmo. O bachillear. Don Quijote aprueba la creación de palabras nuevas, porque 'esto es
enriquecer la lengua, sobre quien tienen poder el vulgo y el uso'. Hace unos años ciertos poetas lanzaron una advertencia en tono casi legislativo: no hay que lastimar al lenguaje, como si éste fuera río coagulado, como si los pueblos no vinieran 'lastimándolo' desde que empezaron a nombrar. Cuando Lope dice 'siempre mañana y nunca mañanamos' agranda el lenguaje y muestra que el castellano vive, porque sólo no cambian las lenguas que están muertas. La lengua expande el lenguaje para hablar mejor consigo misma.
Esas invenciones laten en las entrañas de la lengua y traen balbuceos brisas de la infancia como memoria de la palabra que de afuera vino, tocó al infante en su cuna y le abrió una herida que nunca ha de cerrar. Esas palabras nuevas, ¿no son acaso una victoria contra los límites del lenguaje? ¿Acaso el aire no nos sigue hablando? ¿Y el mar, la lluvia, no tienen muchas voces? ¿Cuántas palabras aún desconocidas guardan en sus silencios? Hay millones de espacios sin nombrar y la poesía trabaja y nombra lo que no tiene nombre todavía.
Esto exige que el poeta despeje en sí caminos que no recorrió antes, que desbroce las malezas de su subjetividad, que no escuche el estrépito de la palabra impuesta, que explore los mil rostros que la vivencia abre en la imaginación, que encuentre la expresión que les dé rostro en la escritura. El internarse en sí mismo del poeta es un atrevimiento que lo expone a la intemperie. Aunque bien decía Rilke: '[...] lo que finalmente nos resguarda/es nuestra desprotección'. Ese atrevimiento conduce al poeta a un más adentro de sí que lo trasciende como ser. Es un trascender hacia sí mismo que se dirige a la verdad del corazón y a la verdad del mundo. Marina Tsvetaeva, la gran poeta rusa aniquilada por el estalinismo, recordó alguna vez que el poeta no vive para escribir. Escribe para vivir.
DISCURSO DE J.G. al recibir el Premio Cervantes
CAMILO MARKS
GRANDES CUENTOS CHILENOS DEL SIGLO XX
(ensayo)
Cuando en el año 2002 se publicó Grandes Cuentos Chilenos del Siglo XX, el libro tuvo una sorprendente e inusitada acogida por parte del público, así como una generalizada celebración de la crítica. Chile es conocido por ser un país de grandes poetas y, en buena medida, posee además una tradición de destacados novelistas. Pero el cuento, esa forma tan difícil, donde a veces es casi imposible alcanzar, si no la perfección, al menos una semblanza de plenitud, se solía considerar pobre dentro de la realidad cultural del último rincón del mundo. En términos literarios, estilísticos o en lo relativo a la síntesis, la historia, la razón de ser de un universo propio, cerrado o abierto, el género breve, probablemente uno de los más engañosos por lo arduo y complejo en su escritura, parecía flojo, desganado, poco atractivo en comparación con las joyas semejantes producidas donde se habla y se escribe en español.
Sin embargo, el éxito de esta antología demostró que la percepción anterior era por completo equivocada. Todos los relatos aquí reunidos son de enorme valor, notables, en ocasiones brillantes. Es decir, esa manifestación artística que se miraba en menos y, hasta cierto punto, era objeto de subvaloración, devino tanto o más merecedora de aprecio que el gran friso novelístico o la lírica. No obstante, es preciso hacer una salvedad: entre las veintisiete obras de pequeña a mediana extensión seleccionadas aquí, y con la excepción de cuatro autores que solo han escrito piezas cortas, el resto ha tenido una carrera centrada en ambiciosas novelas, en estudios históricos, en la poesía o la crítica literaria. En esa mayoría de prosistas chilenos, parecería que escribir cuentos ha sido una suerte de descanso o distracción mientras preparaban ficciones de mayor envergadura, quizá un juego diversionista, tal vez un modo de escapar del agobio que supone edificar extensas, diversificadas narraciones. Por lo tanto, Chile no es, por lo habitual, un país de cuentistas, sino de literatos que construyen circunstanciales textos “menores”, que son, muchas veces, títulos excepcionales.
La presente colección también disipó, de una plumada, una serie de arraigados prejuicios en torno a la literatura chilena. El más común de ellos consiste en creer que la narrativa fue, hasta 1950, un reflejo de la vida en el campo, que tradujo una contradicción entre lo urbano y lo rural o, por último, presentó casi siempre costumbres agrarias de personas que pululaban al interior del latifundio, ese perverso ejercicio de la propiedad que dominó a la nación durante siglos. Dentro de la vasta multiplicidad temática que exhibe Grandes Cuentos Chilenos del Siglo XX, hay muy pocas crónicas que se refieren a esos contornos de la convivencia humana. Por el contrario, el cuento nativo es cosmopolita, diverso, impredecible, ciudadano, moderno, fantástico, alejado totalmente de cualquier concepción estrecha o maniquea del realismo y su secuela, el naturalismo.
Resulta en extremo laborioso encontrar rasgos comunes en la intensa heterogeneidad de este volumen. Con todo, pueden esbozarse ciertas obsesiones, algunas tendencias en las historias escogidas: la desintegración familiar, la soledad, sobre todo de la mujer o de los grupos minoritarios, los antagonismos entre padres e hijos, las explosivas y sordas luchas de poder que afectan a grupos dominantes y dominados, el combate por la afirmación de la personalidad, el despertar de la adolescencia –hay una considerable cantidad de tramas en que los protagonistas son niños o jóvenes-, el sinsentido en el destino del hombre contemporáneo, enclaustrado en un medio represivo, gazmoño, sumamente estratificado. Se ha dicho que la sociedad chilena es la más conservadora e hipócrita del continente americano y muchas tramas de esta compilación lo comprueban de manera fehaciente. Es muy paradójica, asimismo, otra característica frecuente en las ficciones de este compendio: la ausencia de un hilo conductor, la virtual imposibilidad de clasificar a los autores en vertientes, escuelas, grupos determinados.
Durante muchos años, la literatura chilena se enseñó de acuerdo al método de las “generaciones”: los mundonovistas, la generación del 30, la del 50, la de la nueva narrativa, etcétera. Por fortuna, esa peculiaridad pedagógica se bate en retirada y si bien es imposible dejar de mencionar a tal o cual período, cada escritor o escritora que figura aquí representa un caso individual, a ratos único, y cada cuento que el lector tendrá ante sí es singular, inclasificable, diferente al que le precede o le sigue. Riqueza argumental, diversidad, amplitud temática son algunos de los aspectos cruciales de Grandes Cuentos Chilenos del Siglo XX.
El período cubierto por el libro comienza en 1904 y finaliza en 1999, o sea, abarca en su integridad al siglo pasado. Sin que el autor de esta crestomatía se lo propusiera, la mayor parte de los relatos de ella fueron publicados después de 1950; aun así, hay una importante muestra de obras escritas mucho antes de esa fecha. La dictadura militar de 1973-1990, que produjo horrendas consecuencias sociales, políticas y económicas, inevitablemente afectó al ámbito artístico y cultural del país. En verdad, se han escrito escasos textos de valor literario que aludan a esa siniestra y terrible época, sin duda la peor desde que Chile se independizó de España en 1810. Es probable que la división permanente e irreconciliable que el sangriento golpe de estado de 1973 generó en la sociedad chilena –que todavía persiste y, con seguridad, continuará perviviendo por varias generaciones más-, haya sido la causa de efectos que demorarán mucho en disiparse de la conciencia nacional y, en concreto, en el terreno de la literatura. Así y todo, en Grandes Cuentos Chilenos del Siglo XX hay una muestra significativa de autores que se dieron a conocer a lo largo de la transición democrática iniciada en 1990. La elección de tales creadores fue la tarea más complicada en el proceso de preparar esta antología. Como sabemos, los escritores clásicos se miden en períodos que van de los cincuenta a los cien años. Empero, se quiso hacer una apuesta por el futuro de estos prosistas de la postdictadura o, cuando menos, de sus relatos seleccionados en este variopinto ejemplar.
Debido a que el autor de este volumen ejerce la crítica literaria y con el fin de evitar falsas apreciaciones, se optó por el orden alfabético de los autores en la ordenación de los cuentos, evitando así toda posibilidad de suponer que existen preferencias o precedencias en la confección de Grandes Cuentos Chilenos del Siglo XX: todos tienen la misma calidad, ninguno sufre detrimento. Si bien el sistema cronológico es la norma preponderante en este tipo de obra, él se habría manifestado en una seria desproporción en cuanto a las épocas, las edades, las distancias que separan a unos narradores de otros. A mayor abundamiento, este proceder es el que hoy en día prevalece en los trabajos de esta índole que se editan en Estados Unidos, Europa y América Latina.
Este tomo está destinado a lo que, de manera un tanto vaga, se llama “público general” y como leeremos cuentos muy bien construidos, amenos, sencillos, asequibles, ese sector de la población los apreciará enseguida. Por cierto, se ha pensado, asimismo, en los estudiantes, los trabajadores, los profesionales, las dueñas de casa, en fin, toda clase de personas que deseen acercarse a la gran literatura chilena, ya que nada hay como descubrir un buen cuento como para querer seguir conociendo a un escritor o escritora.
Al final, hay una enumeración de sucintas biografías de cada uno de los seleccionados, que incluye sus más importantes títulos y la evaluación que la crítica chilena ha efectuado acerca de ellos.
Grandes Cuentos Chilenos del Siglo XX es, desde luego, un libro sin pretensiones académicas (aunque a las universidades o colegios les haya servido), de lectura grata, atractiva, sugerente, que ha probado ser del gusto popular –como lo atestiguan sucesivas ediciones- y que ha provocado admiración, inclusive asombro en quienes lo han leído. En otras palabras, es una ventana, a ratos entrecerrada, por momentos abierta de par en par para asomarse a la literatura del país más austral del mundo.
NORTON CONTRERAS
LAS CUATRO ESTACIONES
Amor
Estrellitas y soles,
ternura suspendida
a los pies
del claro de luna.
Tú…..
Yo…..
Conjugados
en el verbo
génesis
continuidad
costilla perpetuada
en la eternidad
tiempo
espacio.
La serpiente
vistiendo de flores y guirnaldas
el manzano
en la región
mas transparente
del
Edén.
ARTE POETICA · Transiente · / Ivan Lizama
ARTE POÉTICA
VICENTE HUIDOBRO
Que el verso sea como una llave
que abra mil puertas.
Una hoja cae; algo pasa volando;
cuanto miren los ojos creado sea,
y el alma del oyente quede temblando.
Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;
el adjetivo, cuando no da vida, mata.
Estamos en el ciclo de los nervios.
El músculo cuelga,
como recuerdo, en los museos;
mas no por eso tenemos menos fuerza:
el vigor verdadero
reside en la cabeza.
Por qué cantáis la rosa, ¡oh poetas!
hacedla florecer en el poema.
Sólo para nosotros
viven todas las cosas bajo el sol.
El poeta es un pequeño Dios.
FRANKLIN CAICEDO
Ellos aquí trajeron los fusiles repletos
de pólvora, ellos mandaron el acerbo exterminio,
ellos aquí encontraron un pueblo que cantaba,
un pueblo por deber y por amor reunido,
y la delgada niña cayó con su bandera,
y el joven sonriente rodó a su lado herido,
y el estupor del pueblo vio caer a los muertos
con furia y con dolor.
Entonces, en el sitioDonde cayeron asesinados,
Bajaron las banderas a empaparse de sangre
Para alzarse de nuevo frente a los asesinos.
Por estos muertos, nuestros muertos
Pido castigo.
Para los que de sangre sal
picaron la patria,
Pido castigo.
Para el verdugo que mandó esta muerte,
Pido castigo,
Para el traidor que ascendió sobre el crimen
Pido castigo.
Para el que dio la orden de agonía,
Pido castigo.
Para los que defendieron este crimen,
Pido castigo.
No quiero que me den la mano
Empapada con nuestra sangre.
Pido castigo.
No los quiero de embajadores,
Tampoco en su casa tranquilos,
Los quiero ver juzgados,
En esta plaza, en este sitio.
Quiero castigo.
Pablo Neruda. (Los Enemigos)
SIMÓN FIERRO
MIGUEL BARNET

Che
Che, tú lo sabes todo,
los recovecos de la Sierra,
el asma sobre la hierba fría,
la tribuna,
el oleaje en la noche
y hasta de qué se hacen
los frutos y las yuntas.
No es que yo quiera darte
pluma por pistola
pero el poeta eres tú.
(De Carta de noche)
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JORGE BOCCANERA

ALEJANDRA PIZARNIK ABRE SU CUADERNO DE APUNTES
A Jorge Arturo
El hombre que saca la cabeza del agua,
es un pez y se asfixia.
El pez que mete la cabeza en el agua,
es un hombre y se ahoga.
El poeta escribe en la línea del agua,
y se asfixia,
y se ahoga.
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ARDER
Cuando nos besamos trituramos un ángel.
Su última voluntad será nuestro deseo.
Tiempo habrá para escupir sus vidrios de colores,
su sombrero de plumas,
barajas manoseadas por tahúres y ahora
hay que hacerlo entrar,
ofrecerle licor (que él viene de morirse),
acercarle una silla (que lee en la oscuridad).
Dirá sus baratijas,
su forma de guiarnos al secreto de la vieja
estación.
Dirá que el vino está hecho de hojas secas,
que puede hacer un fuego con tu rostro y el mío.
(Ni un centavo de luz a su trabajo).
Cuando nos besamos desollamos un ángel,
un condenado a muerte que va a resucitar en
otras bocas.
No tengas lástima por él, sólo hay que hincar el
diente
y triturar al ángel.
Abrir tus piernas blancas y darle sepultura.
JORGE TEILLIER

SIEMPRE VUELVE UN ROSTRO
Siempre vuelve un rostro, siempre
en el chubasco que cae repentino, en las
islas de las nubes.
Silencioso se asoma un obscuro sol
en las ventanas. Tu hermana lo retiene
un momento entre los dedos
y luego las manos vacías recorren muros
blancos con sus sombras.
Siempre por el patio asomas
a buscar el rostro de alguien.
Un chasquido se oye: es un chubasco
o un fantasma de un niño que vivió aquí hace tiempo
y vuelve a escuchar como la madre lee a su hijo.
Un rayo de sol ha quedado encerrado
en el rellano de la escalera
el sueño hace señas con su linterna
el sueño nos despierta
y la voz de la hermana cruza entre las nubes
la hermana que no conocimos.
De En el mudo corazón del bosque, 1997
El poeta Jorge Teillier nació en Lautaro, Chile, en 1935 y murió en 1996.
La poesía de Teillier descansa en principio en la tradición de la representación lárica (poesía del lar, del origen, de la frontera), aunque su obra trasciende el rótulo del arraigo lárico cuyos antecedentes se encuentran en Chile en Efraín Barquero (V.) y Rolando Cárdenas. Sus poemas arrancan del recuerdo ingenuo y la nostalgia con una cierta esperanza de asir el paraíso perdido, el cual paulatinamente se desintegra y se convierte en pura imagen soñada.
El poeta se inició a los 12 años en la escritura, bebiendo las aguas de los libros de aventuras, Panait Istrati, Knut Hamsun, Julio Veme y los cuentos de hadas. Posteriormente se alimenta de los poetas del modernismo hispanoamericano (V.), de Vicente Huidobro y de la tradición universal de Jorge Manrique, Rainer María Rilke y Francois Villon. Se le vincula también con Höderlin y Trakl. Para él, lo importante en la poesía no es lo estético, sino la creación del mito y de un espacio o tiempo que trasciendan lo cotidiano, utilizando lo cotidiano. El poeta no debe significar sino ser. Postula un tiempo de arraigo frente a la generación de los años 50, que postulaba el éxodo hacia las ciudades.
En su poesía existe el Sur mítico y lluvioso de Pablo Neruda , pero desrealizado por una creación verbal en donde los lugares de provincia se tiñen de referencias melancólicas y simbólicas que se hacen universales. El poeta aparece como el sobreviviente de un paraíso perdido, como testigo visionario de una época dorada de la humanidad que conserva a través de los tiempos el mito y la imagen esencial de las cosas: casa, tierra, árbol. Pero el recuerdo ingenuo e incorruptible que se recupera por medio de la memoria, se trasciende sólo momentáneamente y culmina con su paulatina desintegración. Como en Enrique Lihn (V.) y en Barquero, hay en su obra una voluntad rendida, en que el presente carece de toda intensidad y la visión de lo cotidiano es desoladora: persiste sólo lo estéril y lo deshabitado. Frente a ello se buscan las huellas perdidas, para acceder al lugar maravilloso de donde venimos. A través del recuerdo, la realidad cotidiana se hace visible y se recupera. Pero ella solamente sobrevive en los lugares del hallazgo, constituido por los residuos del pasado y los espacios secretos y ocultos: el espacio encubre al tiempo.
De este modo, en Teillier hay dos momentos estéticos recurrentes que el poema recupera: el momento ingenuo de la infancia y el del recuerdo. La poesía de Teillier se encarna en la polaridad entre la felicidad del tiempo del origen recordado y el dolor de su desintegración. El sujeto de la poesía de Teillier es un desterrado que vive en la ciudad moderna y que fantasmalmente vuelve una y otra vez al espacio de la infancia, de la frontera, del límite, para reencontrarse con algo que ya no existe.
Frente a la tradición totalizadora de las vanguardias y los planteamientos rupturistas de la antipoesía (V. Poemas y antipoemas), Jorge Teillier convirtió de nuevo la poesía en experiencia vital ligada a una memoria poética que busca sus símbolos ancestrales y puros. Esa búsqueda primordial lo convirtió en uno de los poetas chilenos más originales de la actualidad.
ALFREDO LAVERGNE
GEOGRAMAS
EL SOBRE AZUR
De
La parlota del absinthe
Los cuchillos de pluma de ganso
Los sorprendidos por porotos saltarines
Los modelos del almidón
Los de las alegorías a la leche
Los de la sombra del soplo final
Los cuervos que blanquearon en cócteles
Los de las máscaras sin salida
Los de los puños que terminaron de borradores
Los teclados de holganza.
A pesar de los días que intentaron el paraíso
A pesar de ellos y por ellos.
Tomó cuerpo el derecho poético del calificativo social en el verso.
PROPAGANDHI
No disparemos
Nunca más
Destruyamos poetas.
Tanto esperar ex-compañero
El nieto no crece.
Tanto esperar y un día tu hermano
le robará la herencia.
La ex-comandante
Ordena al jardinero pasar el rastrillo
Sirve la comida a su ex-guerrillero
Cumple con pasear la tropa de hijos.
Y en la oscuridad de su trinchera burguesa.
La señora nicaragüense
se sienta frente a la TV para morir
de traición al feminismo.
Ben Laden
Puedes traducir al inglés
y poner música rock a tus rezos.
Pero tu ex-amo
El Imperio Gringo
Te cobrará la deserción.
La otra complicidad
Los proletarios del mundo uníos
Los reformistas
Y antiforma.
También son culpables del empujón
hacia el fanatismo del pueblo afgano.
RETRO-VISIÓN
Los partidos políticos controlaron
las elecciones sindicales
y combatimos por SUS banderas.
Musical
Esas mujeres y esos hombres
que lloran
porque murió Brel o por Allende.
Oooh esos que pujan
mundos llorones.
RITMO COLOQUIAL Chilensis
A/Rafael Azocar
Qué kerenki le hiciéramos
Los socialistas eran eso.
Pero con K mayúscula.
PEDRO LEMEBEL
La cara sombría de la Vergüenza
La vergüenza es un manjar amargo que se masca y cuesta tragar, más aún cuando se sabe que un grupo de comuneros mapuches en el sur del país se niegan a probar bocado en señal de repulsa frente a la injusticia.
Setenta y tantos días llevan mis hermanos mapuches en huelga de hambre, y este país glotón saciándose con sus cenas de fin de año, con sus banquetes de palacio por la cumbre, por las reuniones de mantel largo que se les da a las visitas imperiales que vienen a degustar el salmón al pil-pil, el charquicán frufrú o las papayas con albahaca que les ofrece la Presidencia.
La vergüenza es un manjar amargo que se masca y cuesta tragar, más aún cuando se sabe que un grupo de comuneros mapuches en el sur del país se niegan a probar bocado en señal de repulsa frente a la injusticia. En señal de protesta por la maldita Ley Antiterrorista, resabios de la dictadura, que se les aplicó por defender sus derechos ancestrales.
Una vez más, el bello pueblo mapuche es agredido en su propia tierra. Y digo "propia" porque estoy hablando de sus praderas verde olivar, de sus lomajes azules, amarillos, rosados que pinta el tornasol de las flores que en esta época acuarelan el paisaje sureño donde antaño la raza indómita miraba los amaneceres sin lentes de sol.
Resulta vergonzoso saber que este grupo de personas permanece encarcelado sólo por manifestarse contra el yugo cultural impuesto, por rechazar la intromisión de las transnacionales que les contaminan sus aguas claras, sus nieves eternas, su bosque nativo. Y qué hacer con esta rabia cuando vemos que los canales de televisión casi no informan de esta protesta que puede terminar con algún comunero muerto por inanición.
Algunos de ellos, como Patricia Troncoso, orinan sangre, tienen mareos y no se sostienen en pie. Nadie dice nada, y las autoridades y políticos faranduleros se hartan de comistrajos finos en los banquetes del Parlamento, cual obesos budas de la verborragia. Ojalá les dé colitis, una diarrea putrefacta que los arrastre por el váter hasta el mismísimo mar. Y ni aun así se les borra la sonrisa hipócrita que lucen para las cámaras.
Ni aun así dejan de masticar sus discursos entre canapé y canapé. Comen y comen y se comen a sí mismos en la degustación mezquina de sus manjares y exquisiteces. Comer y cagar es su dieta para no saber que el grupo mapuche se niega a probar bocado, como si este gesto fuera un negarse a parlamentar, como si este gesto de mudez se negara a asumir el lenguaje del conquistador.
"La porfía del silencio es el estandarte de un pueblo que no le dio entrevistas a la historia". No es el que calla otorga, aquí no hay nada que otorgar ni transar. En Temuco les van a construir un aeropuerto sobre las tumbas de sus antepasados. ¿Qué dirían los cuicos si se hiciera esto en su pomposo cementerio católico?
El año se termina y todos se preparan para la gran cena de Año Nuevo. Con pavo, faisán, con avestruz, con filete; mejor, pescado, dice la cuica mordiendo una aceituna rellena de anchoas. Mientras allá, en el lluvioso sur, las bocas cerradas de la tierra agonizan en su huelga de hambre.
El año se termina, cae la última hoja del calendario, también ruedan opacos lagrimones por la mejilla rugosa de una abuela machi. El año se va, vemos jirones de luces en el cielo que lo despiden con costosos fuegos artificiales. A los comuneros mapuches les enrejaron el cielo. Un estremecimiento de tripas marcará la medianoche. La carne se quema en el horno, el champaña con helado se derrite por el calor. El vahído de una náusea ancestral distorsiona el himno patrio que se escucha en casi todos los hogares chilenos.